Más que otros pueblos antiguos, Israel desarrolla una conciencia histórica, impulsado por la experiencia religiosa, iluminado por sus portavoces, jefes y profetas. La historia es espacio y medio de revelación de Dios, es historia de salvación. En la captación, el pueblo puede empezar, por experiencias sueltas, que después se agrupan y llegan a un reposo, dibujando una figura significativa; para percibir la historia como acción de Dios hace falta su iluminación, que muchas veces se da por un intérprete (Dt 29,3). La historia es en rigor lineal; pero el historiador sagrado quiere obtener algunas síntesis. Tales son los credos, cuyo contenido es histórico, los himnos (Sal 136); después vienen los ciclos y los grandes cuerpos (deuteronomista, cronista: véase introducción). Dentro de una etapa se descubren esquemas de recurrencia repetida, casi cíclica (Jue), y la apocalíptica posterior opera con períodos. Israel canta y cuenta su historia, la medita y la vuelve a contar libremente, comentándola con recursos narrativos (= midrás; Sab 11-19). Además historifica las ↗fiestas agrícolas y muchos símbolos míticos. Su historiografía incluye la leyenda de familia o personaje, el canto heroico (a modo de romances), la épica, la crónica y también la ficción (Tob, Jud, Est).