Se basa en la ¡dea de que Dios juzga para premiar y castigar las acciones libres del hombre. Siendo Dios juez universal, la retribución se extiende a todos los pueblos: lo prueban los oráculos contra las naciones y textos como Ex 1,20. Dentro de la ↗alianza, la retribución toma la forma de bendiciones (↗bendición) y maldiciones (Lv 26; Dt 28). La retribución exige proporción entre el acto y la sanción: esto se expresa en fórmulas proféticas que imitan la ley del talión. Pero por encima de esa proporción está la soberanía de Dios, que puede diferir el ↗castigo (Am 7,1-3), limitarlo e incluso suprimirlo. La retribución puede ser colectiva (2Re 17; Jr 20,6) o individual (Ez 18; Ez 33,10-20; Eclo 16,11-23); la segunda significa un progreso en la reflexión teológica; consolida la responsabilidad personal y abre a la esperanza. A veces se subraya el aspecto personal del Dios airado que castiga; a veces destaca el aspecto inmanente, el culpable se acarrea el castigo. La retribución se convierte en principio teológico narrativo en el cuerpo deuteronomístico (Jos, Jue, Sm, Re), que se exacerba en la obra del Cronista. Pero como la retribución tiene como horizonte esta vida, el principio entra en crisis en los libros del Eclesiastés y Job y en algunos salmos (Sal 49,73). Sólo ensanchando el horizonte a otra vida se resuelve el problema, sobre todo en Sabiduría.