El hebreo distingue en el espacio cuatro dimensiones: altura, profundidad, anchura, longitud. Aparte su sentido propio, les puede asignar valor simbólico. Lo alto coincide prácticamente con nuestra visión: es el mundo divino, celeste, superior; lo que vale más y triunfa; es también la soberbia y altivez. Lo profundo es de ordinario negativo, lo oculto o incomprensible: una lengua "profunda" es una lengua que no se entiende (Is 33,19; Ez 3,5s); es la maldad que el hombre intenta esconder (Is 31,6; Os 9,9); son sus pensamientos ocultos (Prov 20,5); es lo insondable de la tierra (Prov 25,3), del hombre (Sal 64,7) y también de Dios (Sal 92,6); es finalmente el mundo infernal (Prov 9,18). Lo ancho es lo espacioso de un territorio (Jue 18,10), del mar (Sal 104,25), de una ciudad (Zac 2,6). Aplicado al corazón puede significar anchura de miras (1Re 5,9) o codicia y ambición (Prov 21,4; Prov 28,25). Dios libera ensanchando, dando espacio (Sal 4,2; Sal 18,37). Lo largo se aplica de ordinario a la duración, es frecuente hablar de "largos años".