La idolatría, en cuanto culto a dioses falsos, es uno de los peligros y pecados más graves del pueblo del AT. En lo teológico niega la unicidad o superioridad del Señor Dios de Israel; en lo humano rebaja al hombre por debajo de la obra de sus manos. Si en un tiempo se prohibe la idolatría porque esos dioses no son de Israel, más tarde se prohibe porque son dioses falsos, vanidad, nulidad. La polémica contra las imágenes idolátricas cobra cuerpo en Is 40,18-29; Is 44,9-20, se hace burlesca en las adiciones griegas a Daniel y en la carta de Jeremías, alcanza su formulación más elaborada en la Sabiduría. Entre los dioses falsos citados en el AT, el más frecuente es Baal, sin distinguir bien su unidad o multiplicidad: Baal Fegor, Baal Zebul (burlescamente, Zebub = mosca); Moloc, dios amonita ligado a los sacrificios humanos (Lv 20,2-5); Asera (Jue 3,7; 2Re 23,7); Astarté (1Re 11,5). Véase también Is 10.