La experiencia de Israel es semejante a la nuestra en su nivel ordinario; quizá subraye más algunos aspectos cualitativos. La misma división de pasado, presente y futuro: el pasado vuelve en la memoria y actúa con fuerza modelando al pueblo; el presente es muchas veces el punto de cita del recuerdo ("como sucede hoy") y puede ser el tiempo de la decisión ("si escucháis hoy su voz"); el futuro es el tiempo de la esperanza, que induce a la acción. Hay un tiempo inicial de cada cosa, que tiene especial valor; también hay un tiempo final; y desbordando ambos está Dios (Is II). Hay un tiempo intermedio de dilación (↗Desierto) y un tiempo inminente de cumplimiento. Se distinguen los ritmos básicos del día y la noche, de estaciones, de meses y años. Además, el ritmo histórico de las generaciones. Y secciones misteriosas que desbordan esos ritmos y resultan inabarcables e incomprensibles. El tiempo circular rige las celebraciones litúrgicas (Is 29,1), que repiten "el mismísimo día" (Ex 12; Lv 23). En cierto modo rigen los esquemas narrativos (Jue 2). Qohélet defiende un tiempo circular (Qo 1,1-11) y un tiempo de alternancias (Qo 3,18). La apocalíptica periodiza la historia.