Como entre nosotros, el nombre sirve para la identificación: de una especie (nombre común, Gn 2), de una colectividad (pueblos), de un individuo (nombre propio), de una persona. La persona da o pone su nombre a un objeto como signo de pertenencia (marca, propiedad). El nombre sirve para el conocimiento y reconocimiento, para la llamada que establece contacto. También hay nombres de oficios o dignidades que llamamos títulos (Is 9,3); y el "nombramiento" para un nuevo cargo puede incluir un cambio de nombre. El nombre sirve para la leva y el registro "nominal". El nombre es también el "renombre" o la fama, que se dilata y sobrevive (Gn 6,4; Gn 11,4), mientras que el nombre se prolonga en los hijos convirtiéndose en apellido. Uno puede actuar en nombre propio y en nombre ajeno; en nombre propio equivale a personalmente. Todos estos usos se aplican al nombre personal de Dios, que es Yhwh (comúnmente pronunciado Yahvé), mientras que elohim es nombre común de la divinidad. Yhwh revela su nombre para la identificación, para la invocación, para el juramento, para la bendición; el hombre tiene que reconocer por el nombre a la persona, su identidad; tiene que respetar ese nombre atribuyendo por él a la persona la gloria y la santidad; no puede invocar ese nombre para un juramento falso. Dios da su nombre, es señal de posesión, a un altar, un templo, un pueblo; el hombre graba ese nombre. En nombre del Señor habla un profeta (Ex 5,23; Jr 26,20) y lucha el soldado (1Sm 17,45). En algunos textos el nombre se usa como realidad mediadora de la presencia de Dios (Dt 12,11; Dt 14,23). Muchos hombres llevan nombres teofóricos. El nomen omen es un motivo literario muy frecuente: en textos de anunciación o nacimiento (Is 7,14; Is 9,15) y en muchos comentarios sobre el destino de personas o ciudades (Babel, Gn 11; la serie de Is 10,28-34).